La literatura siempre ha representado una puerta hacia las posibilidades y hacia la expresión; pero, sobre todo, ha significado un puente entre lectores y escritores, una alianza en la que ambas partes se comprometen a construir mundos y a hacerlos trascender.
Un libro es una fiel impresión de quien lo escribe, pues en él se proyectan gustos, dolores, miedos, intereses e ilustraciones del alma. Así pues, al tratarse de documentos tan íntimos, los libros pueden resultar armas peligrosas.
Por un lado, pueden ser nocivos para aquellos que pretenden esconder sus saberes, pues un tercero podría dejarles al descubierto en sus propias narraciones. Por otro lado, los libros pueden proveer de múltiples herramientas, secretos y revelaciones a quien los consulte.
Durante nuestra lectura, nos hacemos amigos y cómplices del escritor o escritora, cerramos el tácito acuerdo de hacer que su obra prevalezca, aunque el único medio sea nuestra voz y recuerdo.
En ello recae todo el peso del contenido, de la comunicación entre interlocutores, de sus nombres y de la supervivencia y distribución de una obra.
Mujeres escritoras silenciadas por el patriarcado
Sin embargo, el gran gusto y compromiso de leer y escribir le fue negado a las mujeres durante muchos siglos. Quienes se atrevían a hacerlo, más allá de parecer revolucionarias, eran vistas como transgresoras del sistema, ya que se negaban a pertenecer al orden divino y social ya establecido.
Intelectuales de distintas épocas consideraban que el juicio de las mujeres no era lo suficientemente confiable como para permitirles el acceso a ciertos temas. En consecuencia, les prohibieron generar y compartir reflexiones.
Durante la época colonial, la Iglesia Católica, que tenía gran poder sobre el orden social, se encargó de restringir a las mujeres únicamente a la procreación y el cuidado de las familias. Pero esto no fue impedimento para que ellas escribieran y explotaran su potencial.
Si bien era más factible que una novela romántica estuviera firmada por una mujer, había territorios en los que la prohibición de la escritura no escatimaba en géneros ni posición social.
Muchas escritoras optaron por firmar sus libros con seudónimos masculinos, con lo que se protegían de críticas e imposiciones y con lo que por fin abrían sus alas, aunque volaran bajo colores que opacaban su propia esencia.
A continuación, revisamos a algunas escritoras que firmaron sus libros como varones y que más tarde fueron descubiertas y aplaudidas, pues su labor, además de sensible, era compleja y cautivadora.
Aurore Lucile Dupin: la escritora detrás de George Sand
Una de las escritoras francesas más emblemáticas que usó una firma masculina fue Aurore Lucile Dupin, mejor conocida como George Sand.
La escritora no sólo contó con un seudónimo; en sus inicios optó por firmar sus obras como J. Sand, inspirado en el nombre de su primer esposo, Jules Sandeau.
Cuando Aurore decidió adoptar el seudónimo de George, pretendía aludir a las raíces etimológicas del nombre, pues, en griego, la palabra “giorgios” significaba “el que trabaja la tierra”, lo cual evocaba cierta ironía con respecto al hecho de tener que adoptar un nombre distinto al propio.
Aurore era la encarnación de ideas revolucionarias que persisten hasta nuestros días: gustaba de fumar en público, vestir pantalones y defender sus ideales republicanos desde un fuerte construido con letras empáticas, valentía y sensibilidad.
Tuvo muchos romances, por lo que también fue criticada. Además, al separarse de su primer marido, logró que la hacienda y la administración de sus propiedades regresaran a sus manos.
Fue mayormente reconocida por sus novelas románticas, lo que estaba en el límite de lo socialmente aceptable. Sin embargo, más adelante optó también por escribir textos políticos.
Uno de los aspectos por los que George Sand sigue destacando actualmente es que, desde su posición, abogó por los derechos de las mujeres y de las clases obreras menos privilegiadas, haciendo fuertes críticas al sistema.
Por otro lado, en sus novelas se encargó de plantear la distinción entre género y sexo biológico, problemática que hasta hoy continúa discutiéndose.
Sor Juana Inés de la Cruz y el derecho de las mujeres al conocimiento
La Décima Musa es uno de los casos más sonados, no sólo por la censura que sufrió sino también por el gran impacto que tuvo y sigue teniendo en la literatura y el teatro.
Las obras de Sor Juana continúan siendo tema de debate y análisis entre aficionados y expertos, pues las estructuras utilizadas, el sentimiento impreso y la vigencia de sus temas dejan huella en todo aquel que acaricia sus letras.
Juana de Asbaje tuvo interés en las letras y las ciencias desde muy joven, pero su condición social —el simple hecho de ser mujer y criolla— impedía que pudiera explorar libremente sus capacidades y creatividad.
Para las mujeres de su época existían sólo tres opciones: vivir sumisas bajo la sombra de sus esposos, ser criticadas por no haberse casado o adoptar una vida en un monasterio.
La joven Juana eligió la tercera opción, y no lo hizo como sacrificio, ya que estaba segura de lo que quería y sus anhelos intelectuales y artísticos imperaban sobre otros aspectos.
Pese a sus decisiones, nunca abandonó sus ideales; de hecho, los defendió hasta el último de sus días.
Tras realizar sus votos de castidad, Sor Juana no perdió la oportunidad de explotar sus habilidades y probarse a sí misma que sus obras tenían el potencial de trascender.
Por sus antecedentes familiares y laborales, Juana Inés fue apoyada y protegida por virreyes y autoridades clericales, lo que le permitió moverse de forma más libre en el ámbito literario.
No obstante, fue su desmedida pasión por el conocimiento la que la delató frente a aquellos cuya intención era dejar a las mujeres en un abismo cultural y social.
La Décima Musa gustaba de entablar profundos diálogos con teólogos y filósofos, así como de leer y nutrir su ya enorme bagaje.
Fue así como descubrieron que Sor Juana contaba con notable talento, mismo que para muchos era riesgoso, tanto en un ámbito intelectual como divino y moral.
Pero Sor Juana no se quedó callada cuando comenzaron a censurarla. Fue orillada a adoptar otros tipos de protección para así continuar escribiendo y problematizando las situaciones a las que se encontraba expuesta.
En la Carta de Monterrey y en la Respuesta a Sor Filotea, Juana Inés se dirige a su confesor, Antonio Núñez de Miranda, quien fue uno de los principales involucrados en la censura de la poeta.
Sor Juana se encargó de reclamar su derecho como artista e intelectual, lo que le valió su previa y armónica relación con la Iglesia Católica.
“¿Quién los ha prohibido a las mujeres? ¿No tienen alma racional como los hombres? ¿Pues por qué no gozará el privilegio de la ilustración de las letras con ellas?”
El trabajo de Sor Juana fue reconocido por escritores como Carlos de Sigüenza y Góngora, así como por virreyes de distintas colonias.
Además, tuvo la fortuna de que sus obras fueran publicadas cuando aún se encontraba con vida, lo que significaba un enorme triunfo para las mujeres durante la Colonia.
Caterina Albert Paradís: la mujer detrás de Víctor Català
Los prejuicios machistas y la falsa ilusión de superioridad moral e intelectual han sido crueles barreras para mujeres en busca de su propia identidad e individualidad.
Éste también fue el caso de la escritora catalana Caterina Albert Paradís, quien, bajo el seudónimo de Víctor Català, se enfrentó a los medios y a la severa crítica literaria de finales del siglo XIX.
Caterina debutó en la escena literaria en los Juegos Florales de Olot, en 1898.
Por su poema “El llibre nou” y el monólogo “La infanticida”, fue acreedora del primer premio del evento. Sin embargo, cuando el jurado se enteró de que la pieza dramática había sido escrita por una mujer, el escándalo se desató y los créditos a su trabajo se desvanecieron.
A partir de ese momento, Caterina no dio vuelta atrás y adoptó permanentemente el seudónimo de Víctor Català al firmar sus obras, pues anhelaba enormemente la libertad artística que, por ser mujer, le estaba negada.
Algunos intelectuales, para demeritar el esfuerzo e ideales de la escritora catalana, afirmaban que había cambiado su firma por un deseo subconsciente de masculinidad.
Este argumento pretendía anular el hecho de que Caterina y muchas otras mujeres buscaban, de esa manera, defender su capacidad de creación.
En Solitud, su novela más famosa, Caterina aborda el tema de la libertad femenina, la búsqueda de la individualidad y la soledad, aspectos que, al estar vinculados a una mujer, estaban terriblemente mal vistos en ese siglo.
En otras obras, Caterina Albert abordó temas como el deseo femenino y la vejez, pero también se aventuró a hacer críticas a la estructura patriarcal del matrimonio y a la concepción de maternidad obligatoria que se imponía a las mujeres.
Marta Font, investigadora postdoctoral del Centro de Mujer y Literatura de la Universidad de Barcelona, afirmaba lo siguiente:
“Mostraba las causas de su postración y describía la reacción que la llevaba a conocer las estructuras de poder y aprovecharse doblegando al hombre, o a salir creando su propio espacio.”
Casi todas las obras literarias de Caterina siguen siendo publicadas con su seudónimo.
Hay quienes se cuestionan si mantener el seudónimo funge como un recordatorio de la censura o si el camino correcto es dar luz a los nombres reales de estas escritoras.
Niebla disuelta: las escritoras que la historia intentó borrar
Quienes han escrito la historia se han encargado de borrar de sus líneas a muchas escritoras, incluso cuando sus seudónimos masculinos prevalecen en el papel.
La quema de brujas no siempre ha sido con fuego y leña



